Capítulo II: Alejandra

Os lo digo muy en serio, esta chica me ponía los pelos de punta. No dejaba de seguirme en todo el recorrido asta mi casa, bueno no es que estuviese en el quinto pino, pero en coche ya hubiese llegado... coche. Mi coche. Mi madre me va arrancar la traquea cuando se entere de que el coche a sido usado por un búho gigante, que quería jugar al juego de matar conmigo, con el coche como pelota... si me va creer.

Por fin llegaba a mi casa, pero aun me seguía a cierta distancia la loca. Me pare en seco, y ella me imito.

- Pero quieres dejarme en paz de una vez tía pesada?! - me gire bruscamente, mirando a la chica morena que no apartaba la mirada con esos ojos azules.

- Te lo he dicho, tengo que protegerte y lle...

- Y dale! Que yo no me voy contigo ni a comprar caramelos. - la interrumpí, y me dedico una mirada helada. Me saque la llaves del bolsillo, y colgando de ellas había un llavero en forma de sol. Ella sonríe sarcástica.

- Dices no ser hijo de Apolo, pero llevas colgando su símbolo.

La mire con cara de asco señalando el llavero. Ella sonrió con una soberbia mientras asentía, y en lo único que pensaba era que le hubiese golpeado con una pala en la cara.

- es un sol... - Puso los ojos en blanco.

- Fijate más - dijo expirando aire. - en el centro del sol.

Mire y había dibujado un pequeño arco y entre el arco había una “A”. Aquello me dejo alucinado ya que nunca lo había visto y eso que lo tenía desde... ahora que lo pienso, creo haberlo tenido conmigo desde siempre... mire de nuevo a la chica y ella me seguía mirando con soberbia.

- ¿Y qué? No tiene nada que ver mi madre se llama Anna, y de joven era arquera, casi fue profesional. Quizás es de ella. - dije satisfecho.

- Idiota – me soltó sin hacer ninguna expresión.

- Te estas ganando una ostia guapa. - Me acerque a ella asta que nariz contra nariz, se tocaron.

- Atrevete solecito – nos dedicamos una mirada de asco, entonces creo que ambos sentimos algo raro. Miramos hacía arriba y algo estaba cayendo frente a nosotros. Ella dio un mortal hacia atrás, mientras caía saco su arco cayendo de pie y apuntando, preparada para atacar. Mientras yo, con toda mi elegancia, me caí de morros a un lado.

Mire y allí había caído una mujer, bastante normal la verdad. Pero de golpe nos miro a los dos rápido y sonrió.

- El pajarraco tenía razón. El orgullo de Artemisa y Apolo están juntos.

La voz de la mujer tenía un toque de locura que no me gustaba nada, nada.

- Quien demonios eres?! - Dijo con el arco bien tenso. En ese momento sentí la necesidad de encontrar un arma para mí.

- Níobe...

Alejandra se sorprendió, pero rápido volvió a concentrarse en la mujer caída del cielo.

- Níobe murió hace siglos. - Afirmo sin dejar de tensar el arco.

- No morí, me convertí en piedra después de que los hijos de Leto me arrancaran la felicidad.

Aquellas palabras las pronunció con un tono en su voz que me estremeció. El dolor y la pena estaban presentes en esa voz.

- A... a que te refieres? - me dio miedo preguntar.

- Leto... vuestra abuela, mando a sus niñitos mimados a que mataran a mis hijos e hijas.

- Pe... pero... ¿porque?

- Por que ella osó decir que era más fértil que Leto porque ella solo tubo dos y ella 14.

Catorce hijos había dicho?! Flipe tanto con la cantidad que dijo.

- Ala que bestia... os aburríais allí en vuestra casa, tu marido y tú no? - me miro con una cara de odio la mujer. - Pero tenemos que reconocer que le gano a Leto y de calle.

- Elía! - me grito Alejandra,el tono era claro de que me callara. Lo que más me extraño, si podía más ese día, como pudo llamarme por mi nombre, si yo en ningún momento se lo había dicho. - Níobe tuviste lo que te mereciste, por pensar que eras mejor que una diosa.

Níobe se puso furiosa, la veía como su cara se desfiguro casi de dolor.

- ¿¡Merecí la muerte de mis hijos a manos de Apolo y de mis hijas a manos de Artemisa!? El haber estado convertida en piedra por siglos?! - dijo entre lagrimas, pero de golpe se ve que se le corto el chorro, porque sonrió de una manera siniestra – Si eso piensas, yo también tengo un veredicto para Leto y sus hijos. Arrebatarle sus orgullos. Quitarles lo que yo nunca tendré. Sus hijo. Sus nietos.

Se encogió en si misma, y de golpe se estiro soltando mires de rocas. Me dio tiempo de tirar la mesa de madera del porche, cubriéndome con ella. Unas cuantas de esas rocas se incrustaron en ella. Me asome para ver que ocurría y vi Alejandra saltando de un lado hacía otro, con una agilidad. Que envidia me dio. Níobe convirtió su brazo en piedra, dándole un puñetazo en la cara a la pobre. Aquello me sorprendió, vi a la pobre Alejandra en el suelo, incorporándose, mientras lo hacía escupía sangre. Aquello le iba a pasar una factura grande del dentista.

- Vamos hija de Artemisa. Te estado esperando siglos. A tí y al hijo de Apolo, para poder vengar a mis hijos e hijas.
- Si tanto has esperado, como es que vienes ahora a por nosotros? - dije intentando distraerla, mientras Alejandra se recupera un poco. - Yo ya tengo 19, que has estado haciendo todo este tiempo. Rascarte las rocas? - El porque tengo que ser un graciosillo cuando estoy cagado de miedo, nunca lo entenderé.

Níobe me lanzo otro puñado de roca, todas se clavaban en la mesa, pero ninguna llegaba a darme. Tenía que preguntarle a mi madre donde la había comprado. Como estaba aguantando la mesa.

- Porque no me han despertado hasta hace poco niño... - decía mientras se me acercaba

- ¿Quién? - Y yo para que le pregunto nada, si yo solo quería huir y esconderme debajo de mi cama. Si lose que valiente... pero haber que haríais vosotros.

- Alguien que desea más que yo ver como los olímpicos y sus hijos desaparecen. - Cada vez estaba más cerca. Pense en que hacer, entonces mis manos brillaron. El rayo de antes. Me levante deprisa tenía a Níobe más cerca de lo que creía, alce las manos y de ellas salieron dos rayos de luz. Pero esta vez fui yo el que salio disparado, ya que rebotaron en Níobe. Salí disparado como Alejandra, solo que yo me empotre contra el muro del patio.

- Auh... - dios que dolor sentía.

- Que... ya no te parece tan divertido ehhh - me decía Alejandra que atacaba a Níobe, mientras me miraba. Yo le respondí levantándole el dedo corazón.

Níobe agarro Alejandra, y la mando a mi lado.

- Que ya no te ríes – le dije dolorido a mi compañera de muro.

Níobe no dejaba de reír y de repetir << Espero que lo veas Leto>> Yo ya sabía que de aquello no me libraba, se me recorrieron tantas cosas por el coco. Pero de golpe vi a mi perrito que corría ladrando. Y me asuste, no quería que le hiciera daño Níobe.

- No Helo no vengas, si no ella... - No pude ni acabar la frase y vi como mi perrito, comenzaba a crecer y convertirse en algo que de perrito tenía poco. Tenia forma de perro, pero media unos cuatro – cinco metros mas o menos. Sus dientes sobresalían de una manera que parecía que te podían atravesar como la mantequilla. Tenía el cuerpo súper musculado. Vamos que daba un miedo el chucho que no veas. - … esta perdida?

- Porque no me dijiste que tenías un perro celestial? - me dijo Alejandra sorprendida.

- Porque creía que era un labrador...

Helo se abalanzo sobre Níobe y la zarandeo como si fuese ese muñeco de plástico que tanto le gusta. La lanzo de un lado para el otro. Asta que la destrozo de tantas maneras que me sorprendió que siguiera viva.

Helo se aparto, mientras yo y Alejandra nos acercábamos haber a Níobe.

- … Otra... de... deshon... deshonra... vencida... por... por la mascota de un chico... - las lagrimas le empezaron ha brotar de los ojos– Nunca... volve... volvere a ver a mis hijos e hijas...

A mi me dio una pena enorme, al parecer a Alejandra ninguna. Vale que nos había intentado matar, pero lo hizo con rencor.

- Níobe... - inspire profundo, porque nunca pensé ni imagine que iba a soltar tales palabras por mi boca – … Yo Elía .hijo de Apolo. Nieto de Leto... te perdono, y deseo que tu alma pueda descansar junto a las de tus hijos.

Alejandra me miro sorprendida, pero cuando vi la expresión de Níobe, inspiro y puso los ojos en blanco.

- Vale... - le sonreí - … Yo Alejandra, hija de Artemisa. Nieta de Leto. Te perdono Níobe y dejo que tu alma descanse junto las de tus hijos e hijas.

Níobe se puso a llorar.

- Gracias... miles de gracias... nunca os lo podre pagar...

- Sí puedes. ¿Quien te libero de la roca? - Níobe negó con la cabeza.

- No... No lose... iba encapuchado. Pero si que dijo que los hijos de los olímpicos eran la primera fase. Después venia el olimpo y su caída. - Alejandra arrugo su frente preocupada – siento no... no ser de mayor...

- Tranquila... - Dijo Alejandra con ternura – nos has ayudado más de lo que crees... descansa por fin Níobe.

- Veo... veo a mis hijos – decía mientras le caía una lagrima. Después de aquello no dijo nada más. Su cuerpo brillo y al desaparecer el brillo quedo un pequeño charco con unas piedras dentro.

Resople, mire a mi alrededor pensando que les iba a decir a mis padres. Mire a Helo que estaba sentado detrás de mi con la lengua fuera, la cual note en toda mi cara.

- Si chico yo también te quiero – de golpe pensé, que yo no debía ninguna explicación eran mis padres las que me la debían a mí.

En ese momento entraron mis padres con el coche, lo pararon y ambos se asomaron por la ventanilla.

- Mamá... Papá, ¿Tenéis algo que contarme?

Alejandra se extraño.

- ¿Le has llamado Papá ? - Asentí confuso - … Él... no es Apolo...

- Hay no... ya no... - Mi madre se tapo la cara con la mano, mientras mi “padre” resoplaba.

- Vale... Creo que si tenéis algo que contarme.

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