Os
lo digo muy en serio, esta chica me ponía los pelos de punta. No
dejaba de seguirme en todo el recorrido asta mi casa, bueno no es que
estuviese en el quinto pino, pero en coche ya hubiese llegado...
coche. Mi coche. Mi madre me va arrancar la traquea cuando se entere
de que el coche a sido usado por un búho gigante, que quería jugar
al juego de matar conmigo, con el coche como pelota... si me va
creer.
Por
fin llegaba a mi casa, pero aun me seguía a cierta distancia la
loca. Me pare en seco, y ella me imito.
-
Pero quieres dejarme en paz de una vez tía pesada?! - me gire
bruscamente, mirando a la chica morena que no apartaba la mirada con
esos ojos azules.
-
Te lo he dicho, tengo que protegerte y lle...
-
Y dale! Que yo no me voy contigo ni a comprar caramelos. - la
interrumpí, y me dedico una mirada helada. Me saque la llaves del
bolsillo, y colgando de ellas había un llavero en forma de sol. Ella
sonríe sarcástica.
-
Dices no ser hijo de Apolo, pero llevas colgando su símbolo.
La
mire con cara de asco señalando el llavero. Ella sonrió con una
soberbia mientras asentía, y en lo único que pensaba era que le
hubiese golpeado con una pala en la cara.
-
es un sol... - Puso los ojos en blanco.
-
Fijate más - dijo expirando aire. - en el centro del sol.
Mire
y había dibujado un pequeño arco y entre el arco había una “A”.
Aquello me dejo alucinado ya que nunca lo había visto y eso que lo
tenía desde... ahora que lo pienso, creo haberlo tenido conmigo
desde siempre... mire de nuevo a la chica y ella me seguía mirando
con soberbia.
-
¿Y qué? No tiene nada que ver mi madre se llama Anna, y de joven
era arquera, casi fue profesional. Quizás es de ella. - dije
satisfecho.
-
Idiota – me soltó sin hacer ninguna expresión.
-
Te estas ganando una ostia guapa. - Me acerque a ella asta que
nariz contra nariz, se tocaron.
-
Atrevete solecito – nos dedicamos una mirada de asco, entonces
creo que ambos sentimos algo raro. Miramos hacía arriba y algo
estaba cayendo frente a nosotros. Ella dio un mortal hacia atrás,
mientras caía saco su arco cayendo de pie y apuntando, preparada
para atacar. Mientras yo, con toda mi elegancia, me caí de morros a
un lado.
Mire
y allí había caído una mujer, bastante normal la verdad. Pero de
golpe nos miro a los dos rápido y sonrió.
-
El pajarraco tenía razón. El orgullo de Artemisa y Apolo están
juntos.
La
voz de la mujer tenía un toque de locura que no me gustaba nada,
nada.
-
Quien demonios eres?! - Dijo con el arco bien tenso. En ese
momento sentí la necesidad de encontrar un arma para mí.
-
Níobe...
Alejandra
se sorprendió, pero rápido volvió a concentrarse en la mujer caída
del cielo.
-
Níobe murió hace siglos. - Afirmo sin dejar de tensar el arco.
-
No morí, me convertí en piedra después de que los hijos de Leto me
arrancaran la felicidad.
Aquellas
palabras las pronunció con un tono en su voz que me estremeció. El
dolor y la pena estaban presentes en esa voz.
-
A... a que te refieres? - me dio miedo preguntar.
-
Leto... vuestra abuela, mando a sus niñitos mimados a que mataran a
mis hijos e hijas.
-
Pe... pero... ¿porque?
-
Por que ella osó decir que era más fértil que Leto porque ella
solo tubo dos y ella 14.
Catorce
hijos había dicho?! Flipe tanto con la cantidad que dijo.
-
Ala que bestia... os aburríais allí en vuestra casa, tu marido y tú
no? - me miro con una cara de odio la mujer. - Pero tenemos
que reconocer que le gano a Leto y de calle.
-
Elía! - me grito Alejandra,el tono era claro de que me
callara. Lo que más me extraño, si podía más ese
día, como pudo llamarme por mi nombre, si yo en ningún
momento se lo había dicho. -
Níobe tuviste lo que te
mereciste, por pensar que eras mejor que una diosa.
Níobe
se puso furiosa, la veía como su cara se desfiguro casi de dolor.
-
¿¡Merecí la muerte de mis
hijos a manos de Apolo y de mis hijas a manos de Artemisa!? El haber
estado convertida en piedra por siglos?! - dijo entre
lagrimas, pero de golpe se ve que se le corto el chorro, porque
sonrió de una manera siniestra – Si
eso piensas, yo también tengo un veredicto para Leto y sus hijos.
Arrebatarle sus orgullos. Quitarles lo que yo nunca tendré. Sus
hijo. Sus nietos.
Se
encogió en si misma, y de golpe se estiro soltando mires de rocas.
Me dio tiempo de tirar la mesa de madera del porche, cubriéndome con
ella. Unas cuantas de esas rocas se incrustaron en ella. Me asome
para ver que ocurría y vi Alejandra saltando de un lado hacía otro,
con una agilidad. Que envidia me dio. Níobe convirtió su brazo en
piedra, dándole un puñetazo en la cara a la pobre. Aquello me
sorprendió, vi a la pobre Alejandra en el suelo, incorporándose,
mientras lo hacía escupía sangre. Aquello le iba a pasar una
factura grande del dentista.
-
Vamos hija de Artemisa. Te estado esperando siglos. A tí y al hijo
de Apolo, para poder vengar a mis hijos e hijas.
-
Si tanto has esperado, como es que vienes ahora a por nosotros? -
dije intentando distraerla, mientras Alejandra se recupera un poco. -
Yo ya tengo 19, que has estado haciendo todo este tiempo. Rascarte
las rocas? - El porque tengo que ser un graciosillo cuando estoy
cagado de miedo, nunca lo entenderé.
Níobe
me lanzo otro puñado de roca, todas se clavaban en la mesa, pero
ninguna llegaba a darme. Tenía que preguntarle a mi madre donde la
había comprado. Como estaba aguantando la mesa.
-
Porque no me han despertado hasta hace poco niño... - decía
mientras se me acercaba
-
¿Quién? - Y yo para que le pregunto nada, si yo solo quería huir y
esconderme debajo de mi cama. Si lose que valiente... pero haber que
haríais vosotros.
-
Alguien que desea más que yo ver como los olímpicos y sus hijos
desaparecen. - Cada vez estaba más cerca. Pense en que hacer,
entonces mis manos brillaron. El rayo de antes. Me levante deprisa
tenía a Níobe más cerca de lo que creía, alce las manos y de
ellas salieron dos rayos de luz. Pero esta vez fui yo el que salio
disparado, ya que rebotaron en Níobe. Salí disparado como
Alejandra, solo que yo me empotre contra el muro del patio.
-
Auh... - dios que dolor sentía.
-
Que... ya no te parece tan divertido ehhh - me decía Alejandra
que atacaba a Níobe, mientras me miraba. Yo le respondí
levantándole el dedo corazón.
Níobe
agarro Alejandra, y la mando a mi lado.
-
Que ya no te ríes – le dije dolorido a mi compañera de muro.
Níobe
no dejaba de reír y de repetir <<
Espero que lo veas Leto>> Yo ya sabía que de
aquello no me libraba, se me recorrieron tantas cosas por el coco.
Pero de golpe vi a mi perrito que corría ladrando. Y me asuste, no
quería que le hiciera daño Níobe.
-
No Helo no vengas, si no ella... - No pude ni acabar la frase y vi
como mi perrito, comenzaba a crecer y convertirse en algo que de
perrito tenía poco. Tenia forma de perro, pero media unos cuatro –
cinco metros mas o menos. Sus dientes sobresalían de una manera que
parecía que te podían atravesar como la mantequilla. Tenía el
cuerpo súper musculado. Vamos que daba un miedo el chucho que no
veas. - … esta perdida?
-
Porque no me dijiste que tenías un perro celestial? - me dijo
Alejandra sorprendida.
-
Porque creía que era un labrador...
Helo
se abalanzo sobre Níobe y la zarandeo como si fuese ese muñeco de
plástico que tanto le gusta. La lanzo de un lado para el otro. Asta
que la destrozo de tantas maneras que me sorprendió que siguiera
viva.
Helo
se aparto, mientras yo y Alejandra nos acercábamos haber a Níobe.
-
… Otra... de... deshon... deshonra... vencida... por... por la
mascota de un chico... - las lagrimas le empezaron ha brotar de
los ojos– Nunca... volve... volvere a ver a mis hijos e
hijas...
A
mi me dio una pena enorme, al parecer a Alejandra ninguna. Vale que
nos había intentado matar, pero lo hizo con rencor.
-
Níobe... - inspire profundo, porque nunca pensé ni imagine que
iba a soltar tales palabras por mi boca – … Yo Elía .hijo de
Apolo. Nieto de Leto... te perdono, y deseo que tu alma pueda
descansar junto a las de tus hijos.
Alejandra
me miro sorprendida, pero cuando vi la expresión de Níobe, inspiro
y puso los ojos en blanco.
-
Vale... - le sonreí - … Yo Alejandra, hija de Artemisa.
Nieta de Leto. Te perdono Níobe y dejo que tu alma descanse junto
las de tus hijos e hijas.
Níobe
se puso a llorar.
-
Gracias... miles de gracias... nunca os lo podre pagar...
-
Sí puedes. ¿Quien te libero de la roca? - Níobe negó
con la cabeza.
-
No... No lose... iba encapuchado. Pero si que dijo que los hijos de
los olímpicos eran la primera fase. Después venia el olimpo y su
caída. - Alejandra arrugo su frente preocupada – siento
no... no ser de mayor...
-
Tranquila... - Dijo Alejandra con ternura – nos has ayudado
más de lo que crees... descansa por fin Níobe.
-
Veo... veo a mis hijos – decía mientras le caía una lagrima.
Después de aquello no dijo nada más. Su cuerpo brillo y al
desaparecer el brillo quedo un pequeño charco con unas piedras
dentro.
Resople,
mire a mi alrededor pensando que les iba a decir a mis padres. Mire a
Helo que estaba sentado detrás de mi con la lengua fuera, la cual
note en toda mi cara.
-
Si chico yo también te quiero – de golpe pensé, que yo no
debía ninguna explicación eran mis padres las que me la debían a
mí.
En
ese momento entraron mis padres con el coche, lo pararon y ambos se
asomaron por la ventanilla.
-
Mamá... Papá, ¿Tenéis algo que contarme?
Alejandra
se extraño.
-
¿Le has llamado Papá ? - Asentí confuso - … Él... no es
Apolo...
-
Hay no... ya no... - Mi madre se tapo la cara con la mano,
mientras mi “padre” resoplaba.
-
Vale... Creo que si tenéis algo que contarme.
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